Contexto: A continuación copio/pego una columna de opinión que redacte para mi curso de Filosofía del Derecho sobre… no, no es sobre derecho sino del vínculo entre religión y familia.
RELIGIÓN Y FAMILIA
Como la religión se hereda y perdura en el inconciente de las familias sin cuestionamientos o replanteamientos.
Kant identifica la ilustración con la liberación del hombre de su culpable incapacidad a través del coraje de valerse por si mismo. Puesto que esta emancipación es relacionada a peligros inimaginables y fuera de la normalidad (y seguridad) de la masa, el valor es fundamental.
En este contexto, deseo plantear la siguiente situación: los seres humanos no nacemos con el conocimiento (siempre técnico) o la sabiduría (otorgada por la experiencia) de nuestros ascendientes. Ante lo cual, nuestra sociedad utiliza varios mecanismos e invierte grandes esfuerzos en la tarea de educarnos (aprendiendo habilidades, incorporando conocimientos básicos y comportamientos deseables) con el objeto de desenvolvernos de cierta manera esperada en ella. La familia es uno de los mecanismos utilizados para alcanzar este fin además de ser el núcleo fundamental de la sociedad, la forma atómica de organizarnos.
Entonces, ¿qué papel juega la religión practicada por una familia respecto a la educción de los hijos? Primero debemos precisar el sentido de religión. Wilber identifica varias acepciones al término religión, pero utilizaremos aquella que la entiende como el compromiso no racional, como algo en lo que uno puede creer. A lo cual agregaría otro elemento a este concepto: ese algo en lo que creer debe ser confortable a la persona, como el útero de la madre a un feto. Ahora podemos continuar con el análisis.
El proceso de educación produce el efecto deseado identificado arriba asimismo de perdurar la información incuestionable en nuestro subconsciente. La educación familiar se produce a través de la entrega por parte de nuestros padres de valores, costumbres, hábitos, y la religión que practiquen (o su sistema de creencia en los dogmas y la realización de los rituales correspondientes).
Este fenómeno, al cual llamaremos de transmisión de la religión, se inicia con la educación de los padres a los hijos. Siendo niños, de mente, normalmente no meditamos sobre nuestro entorno por lo que nos satisfacemos con la tutela que nos brindan nuestros padres (la existencia es más fácil cuando uno no es responsable de sus actos, pero esto no quiere decir que sea vida).
Cuando el hijo alcanza cierta madurez, cuando dejan el infantilismo individual para dar pasos al hombre humanitario, podrá percatarse que los rituales que practica son simples hábitos (como lo es lavarse los dientes después de cada comida). Esto se debe a que en ciertas oportunidades la transmisión de la religión entrega a los niños un continente sin contenido, a saber, aprenden rituales sin comprender el significado de ellos (por ejemplo rezan de forma autómata sin comprender el significado de las palabras). De esta forma las religiones pierden legitimidad y autenticidad respecto al individuo en particular.
Ante esta madurez y nueva visión del mundo, los hijos pueden reaccionar de cuatro formas distintas:
- Seguir la religión de los padres llenando el continente (los rituales y los dogmas) con sustantividad a través de un proceso de cuestionamientos, replanteamientos y análisis de las creencias de los padres. Sin embargo, creer o no en algo no es un asunto racional sino, más bien, sentimental. Es viseral porque los planteamientos qué es lo conveniente o qué me asegura la salvación eterna no son correctos, sino que la pregunta es ¿estoy conforme con los significa seguir esta religión? Entiendo por conforme lo que se ha señalado hasta el momento, que la persona este a gusto con lo que implica la religión o que encuentre en ella algo buscado (puede que la persona buscase amor, comprensión, aceptación, etc).
- Continuar con la práctica de la religión de los padres sin un ejercicio mental anterior. Por lo cual, esta persona se encontrará repitiendo los rituales y los dogmas como un perico que ha sido educado para decir determinadas palabras en determinadas situaciones, sin entender un significado de las liturgias.
- Renuncia a las creencias de los padres sea como consecuencia de un cuestionamiento o por razones menos loables (tal vez por la pereza de seguir con los códigos de determinada religión). Lamentablemente la persona se encuentra estancada en un vacío espiritual.
- Revelarse ante la tradición familiar a través del cuestionamiento y meditación. La persona siente que no es compatible (él) con lo que significa la religión familiar. Ha entregado significado a los hábitos religiosos de su infancia y siente que no concuerdan con su esencia como persona. Sin embargo, el sujeto no se conforma con rechazar las creencias de sus padres sino que encuentra, mediante la contemplación, otro algo en que creer (sea este algo otra religión o cualquier otra espiritualidad).
Quienes siguen el camino religioso de los padres con contenido y aquellos que se revelan contra la religión familiar pero que encuentran una nueva espiritualidad, son personas emancipadas del yugo paterno y del aprendizaje social. Ya que se han aventurado (han tenido el valor) de pensar por si mismos y de intentar encontrar las soluciones a ciertos problemas, aún cuando no las encuentre. Es decir, han dado un paso importante hacia la ilustración. O como sostiene Russell en Los Problemas de la Filosofía, la verdadera libertad del hombre consiste en “su liberación del vasallaje de las esperanzas y los temores limitados”.
Sin embargo, quienes continúan la práctica de la religión familiar de forma autómata y aquellos que renuncian a las creencias de sus padres quedando en el vacío, son personas que no han logrado emanciparse. Respecto al primer caso, la persona no se ha liberado del yugo paterno y del entrenamiento de la sociedad por lo que se mantiene en el statu quo del tutelaje. Otro punto de vista de esta situación es el siguiente: la comodidad y la pereza del individuo impide que este busque la contemplación.
En cuanto al segundo caso, consideramos que es consecuencia de los mundanos, rápidos y etéreos tiempos en que vivimos. El hombre práctico, aquel que puede que cultive su cuerpo o hasta su mente pero no su espiritualidad, es el adalid de este fenómeno. Por lo que el sujeto se conforma con la existencia de su ser sin preocuparse de vivir (sentir todo que ello implica). El hombre práctico ha cambiado la tutela paterna por el yugo del materialismo (viviendo conforme a las normas del mercado) por lo cual no es libre.
Los invito a identificar en que estado nos encontramos respecto a la religión de nuestros padres. Los incito a contemplar, meditar o analizar este asunto de importancia ya que por la vorágine de nuestros días solemos pasar por alto. El camino es difícil y solitario pero atendamos a las palabras de Russell: “el valor de la filosofía debe ser buscado en una larga medida en su real incertidumbre”, integrando al concepto de filosofía la espiritualidad encontrada en la religión. Entendamos estas palabras no como un consuelo o una palabra de aliento en nuestra travesía, sino más bien como una confirmación de lo dificultoso que es ser hombre pensante, ser ilustrado, ser humanitario. Es el precio de la libertad.